Summary
La comida de Astrid siempre tenía un particular sabor a carbón. O a exceso de yak. O a yak carbonizado, la verdad no lo sabía. No era nada bonito. Hiccup la amaba, con su alma, pero tener que soportar esto tres veces al día era… una tortura. Total, quizás al décimo año de matrimonio sus papilas gustativas se jubilaran y ya no tendría que pasar por estas situaciones más nunca.