Hubo un tiempo en el que el mundo era emocionante e hipnótico. Un tiempo en el que solo era Rose. Simple y sencillo, sin adornos excesivos o breves diminutivos. No Rose la sangre sucia, la usurpadora de magia y escoria de la sociedad mágica. La ladrona de varitas que sería condenada a podrirse en Azkaban. Eso fue después. Antes solo era Rose y el mundo era bonito.
A pesar de luchar para bandos contrarios, Fenrir Greyback y Sybill Trelawney tienen algo en común. Ambos confían ciegamente en sus instintos. Y en medio de la batalla, estos impulsos son cruciales. Determinarán sus acciones y sus destinos.
El reciente escándalo ocurrido a la familia Black por la fuga de Andrómeda tiene a Lucius asqueado. Está más convencido que nunca de que ser un honorable y respetable Malfoy es su destino. Un orgullo que tendrá presente por el resto de su vida.
Molly no puede asimilar la idea de que su adorado tío Ignatius vaya a casarse. No conoce a esa tal Lucretia Black, pero está convencida de que debe de ser una mujer horrorosa y malvada que solo desea separarlos. Se la puede imaginar perfectamente con la piel verdosa y cocinando a niños en su caldero, al igual que las arpías de los cuentos que su tío le ha contado.
No importa cuanto tiempo pase, esos pastelitos que danzan y hacen piruetas siempre consiguen arrancarle una carcajada. Son simples, brillantes e infalibles.
Porque Dean sabe a sangre, esperanza y certezas. Y no le importa que no sea el momento indicado. Porque los besos de Dean la alejan y le hacen olvidar todo el dolor y la atrocidad de la guerra. La hacen sentir más ligera, casi como flotando.
A Terry Boot le encanta escuchar a Luna. Ella es para él una sorpresa constante, una invitación permanente a lo desconocido. Terry supone que es la clase de emoción que deben de sentir los chicos hijos de muggles que entran por primera vez al mundo mágico. Luna era una clase de magia que nunca se acababa.