Ambos se miraron a los ojos, con sorpresa, apenas digiriendo tamañas confesiones que acaban de resonar en el solitario vestidor del campo de Quidditch. Porque no eran tal desde que ambos lo sabían. Lo sospechaban porque era de lo más obvio, lo llevaban escrito en las frentes…y sin embargo, sonrieron. Porque la verdad los hizo sentir libres, aunque no hubiera tal verdad.
―Sólo si ella acepta ―dijo. Quizás se trataba de la contundencia, o del ceño profundamente fruncido al decirlas, pero Ted se vio a sí mismo tomándose muy en serio sus palabras. Para él, ya no hubo consuelos…sólo la promesa de una patada en las pelotas si Victorie lo rechazaba.
―Supongo que pierdo mí tiempo al venir aquí. Después de todo, ya no queda nada que pueda llevarme ―pensó, viendo un alma desgarrada en doce pedazos―. No me gustan los tramposos. Tampoco me gustan los que son como tú.
Bridget Wenlock tenía muchas cosas que hacer como para prestarle atención a algo que se venía anunciando. No había tiempo que perder. Guardó el rollo en el bolsillo de su sayo y volvió a sus garabatos.
No le agradó la chica con la que tenía que compartir habitación. No le agradó ser "la otra Potter". No le agradó estar perdida en medio de una infinidad de corredores y escaleras. No le agradó llegar tarde a su primer día de clases. Pero si le agradó él y cómo la escoltó, tal cual caballero, hasta el Gran Comedor en esa primera noche en Hogwarts.
La toma de decisiones, sean o no las correctas, definen quién somos. ¿Vale la pena sacrificar una vida, por la conservación de otras? ―He de suponer que sí. De todas maneras, ser un cobarde parece ser mi única opción.
Se quitó el sombrero de cascabeles de la cabeza e hizo una ostentosa reverencia. Los nuevos Amos del Castillo habían encontrado su hora para partir y él, como fiel servidor de Sus Majestades, obedecería a sus mercedes.
Los últimos momentos de una vida, a veces, pueden ser los más felices para una persona.
Tú sabes, alto o pequeños, aquí en Hogwarts todos vamos al mismo sitio y vemos las mismas cosas.
Para qué llorar, si esas paredes lo pueden hacer por ti, Sirius. Por ti y por aquellos que merecen ser llorados, aunque tú no puedas soltar ni una sola lágrima.