Nuestro espíritu se rehusaba a sucumbir ante la helada que golpeaba con fervor nuestros cuerpos, pues no había cosa más cálida e idónea que la compañía del otro en estas fechas de amor y armonía.
Te convertiste en ese dulce deseo que papá y mamá se prometieron hacer realidad.
El tiempo se volvía relativo cada que te mirábamos jugar. Eras nuestro amado niño, nuestro pequeño geniecillo.
A la espera de una nueva vida con las ansias y la incertidumbre abrumándonos, nos sorprendió el multiplicado amor de ustedes dos.
Tranquilo duermes sin saber que eres esa segunda oportunidad que la vida nos dio para hacerlo mejor.
Naciste en medio de una confusión, pero nos enseñaste la agonía y el amor como las mismas tragedias escritas por quien llevó tu nombre.